Origen

bosques


La celebración estaba al comenzar; flores rojas y anaranjadas sembradas entre la maleza, creciendo en la corteza de los árboles, enormes y blandos hongos hacían las veces de mesa,  las abejas iban y venían atareadas de la gran colmena en la copa de un enorme roble, a las mesas distribuidas por el claro del bosque, depositando miel y grumos de polen, mientras las salamandras cumplían con su parte bañándose en las aguas del Estigia, levantando un manto de niebla para que cubriera al valle y lo protegiera del calor del verano, a la vez que un grupo de sílfides, apostado en la rama de un árbol, transmutaban el aire de frío a calido, de calido a embriagante y de embriagante a lujurioso.

Pan y su cortejo de sátiros fueron los primeros en llegar, y mientras estos últimos hablaban entre sí y con las ninfas, Pan y su flauta hicieron las delicias de los concurrentes al entonar una suave melodía en honor de la tarde; Diana fue la segunda en llegar, con un enorme ciervo degollado que deposito en la pira de maderos, al centro del circulo de mesas; descalza y soberbia comenzó a desollar al animal.

Con Dionisio llego el vino y la abundancia, quien hundió sus manos en un lago cercano, haciendo brotar vino donde una vez hubo agua.

En los límites del bosque las harpías guardaban al santuario, desdibujando las fronteras mismas de la realidad, y quien osara pasar sin ningún aval, se entregaba a la locura más desesperante.

De la dinámica de la fiesta es que surgió el fuego que avivo la pira, y que entre risas y vítores, comenzó a azar la carne del ciervo.

Los aromos y las violetas, los claveles y las rosas, el fuego y la carne, entremezclándose  en un ritual sincopado y estremecedor de caricias y colores.

Con el cenit llego el fin; las ninfas volvieron satisfechas al interior del bosque, los sátiros jugando entre ellos se alejaron por el más verde de los senderos y Pan entonando la más melancólica de las canciones despidió al sol, a las flores y a las ninfas.

En tanto, una muy satisfecha Diana recogió su carcaj de entre las hojas y las flores, y cual fue su sorpresa al ver como la miraba a su vez un niño que sollozaba muy suavemente, para curiosidad de un jabalí y una manada de lobos que pasaba cerca.

Sosteniendo con un brazo el arco, y con el otro al niño, producto de aquella fiesta, es que a la luz de las estrellas, y con la bendición de las abejas, Diana se alejo por un sendero oculto, parcialmente develado por la luna, mientras acunaba entre sus brazos al primer argentino.

(Franco S. Raggio)

Published in: on 13 mayo 2009 at 8:03 pm  Dejar un comentario  

El Club de los Discapacitados Emocionales

sopa


- ¡Bienvenidos nuevamente a la ánfora celestina, mis crios!- saludo Marta a la muchedumbre sentada en sillas de acero.

La Ánfora Celestina, como tanto le gustaba a Marta nombrar, era el club de lectura que funcionaba como tal en el club del vecindario los Martes y Jueves, justo después de las 8:00 hs. de la noche que era cuando los chicos del vecindario lo desocupaban después de jugar al fútbol, Martes y Jueves en que Gonzalo, el estoico portero del inmueble, debía quedarse hasta que se fuera el último de los discapacitados emocionales, mote que a él tanto le gustaba usar de puertas para adentro y con su mujer: -¿ Y porque no cierras y te vas?- era el reproche que le hacia su mujer cada vez mas seguido, al no llegar en tiempo y horario al hogar; -Porque mi trabajo depende de esa vieja cacatúa soretonga, que dicho sea de paso maneja la caja de la cooperativa- se lamentaba el portero ante su mujer.

 

-¿Todos leyeron como indique los poemas de Manuel?- se dirigió marta al grupo, mientras agarraba por el hombro al joven que no hacia mas de cinco minutos le había comido la cotorra; -Un libro fabuloso debo admitir, “La paloma abanicada”…el primero de una trilogía- dijo entre susurros extasiados, mientras alzaba el libro por sobre su cabeza con una sonrisa.

La multitud actuó cual masa, asintiendo lambisconamente como girasoles de caramelo derretidos al sol.

-Verso primero…- abrió la pagina Manuel, quien se dispuso a leer la próxima hora y media, su compendio altisonante de desvaríos grandilocuentes, aburriendo muy democráticamente a todos.

A la derecha del salón, contra la pared, Anita, una enfermera a tiempo completo de una anciana de los suburbios, se retorcía del dolor abdominal; le había comido la comida a la vieja y ahora se estaba cagando; No obstante era toda concentración y seriedad a la hora de largar algún comentario, que a sus ojos consideraba mordaz y astuto, sacado a las apuradas de la contraportada del librusco.

- Claro que intuí enseguida…- le dijo a un tipo que estaba a la derecha, – …la paloma es la vida- casi le escupió al tipo que solamente había ido a acompañar a su mujer, enfatizando como si la vida se le fuera en ello.

- ¿Y la abanicada?…- repregunto X

- Ahhh, como se nota que no lo leyó a Manuel- se atrevió a decir la lagarta, cuando en realidad ella tampoco lo había leído; es más lo aborrecía – la abanicada es el amor real!, jajjaja- se rió muy modosa, asustando al tipo.

Un zumbido monocorde…Manuel seguía leyendo…

 Sentada a una distancia considerable de diez nalgas, apartada de la multitud y vestida como un centro de mesa en una casa de antigüedades, Lorenza bizqueaba cada vez que miraba la comida en la mesa.

Abrazada a su novela rosa miraba la mesa de entremeses a través de las gruesísimas gafas, ¡y es que el estomago le estaba pidiendo por favor que lo alimentase!.

Pero es que a la pobre la tenían tan corta…,  vivía con la madre en un mausoleo lleno de cruces de todos los tamaños, y solo se le permitía ir al baño a las seis de la tarde, el color era pecado, por lo que todo era blanco y blanquisimo; el cementerio le decían en el barrio a la casa… – ¿La panadería?-, -¡a dos cuadras del cementerio!, no se puede perder-, -¿el balneario?-,- del cementerio a la izquierda doble dos cuadras a la derecha- que no hubiese podido levantarse en medio de una conversación, ni aunque su vida dependiera de ello.

Otra vez va para largo pensó Gonzalo , parado al fondo del salón apoyado en la escoba.

De repente: ¡Plaf!, las puertas del club se abren de par en par y entra corriendo Laura, la mujer de Gonzalo, quien lloraba profusamente: – En el árbol…en el ár-bol- le grita a la multitud.

-¡¿Que sucede mi niña?!- la agarra del brazo Marta

-Es la virgen!!!!!!-

¡La virgen!, pensó anita: -¡¡¡Es un milagrrrooo!!!!- sollozo / aulló anita mientras se le aflojaba el vientre ensuciándose toda.

Lorenza que en tema de fanatismos es un pez en el agua es la primera en salir corriendo a ver la figurilla tallada en el árbol, y detrás de ella todo los demás…

El silencio, el precioso silencio tantas veces subestimado.

-Vamos- le dice Laura con una sonrisa cansada a su marido mientras lo agarra del codo, -hoy comemos afuera-.

( Franco S. Raggio )

Published in: on 13 mayo 2009 at 8:01 pm  Dejar un comentario  

Memorias de una Marrana Indecente

animalia


La cerda echada a la sombra del tinglado masticaba muy placidamente un bolo de comida de las porquerías que el granjero le había tirado, mientras con la vista apreciaba la granja de la que tanto disfrutaba: el burro atado a la columna de la casa del granjero, cargado de bultos, se espantaba las moscas con la cola, una vaca largaba un cagarro interminable, varios pollitos corriendo detrás de una gallina hinchada en partes iguales de orgullo y parásitos, y el motor de un auto lejano que matizaba la calurosa tarde.

La marrana se jactaba, en su cabeza de animal, de la buena vida que llevaba allí, recostada entre el frescor de sus propias heces, mientras a no tanta distancia el viento traía cada tanto el sonido de cuchillos afilándose.

De algún árbol una cigarra canto al calor y al barro cuarteado

La vida en la granja fácil.

( Franco S. Raggio )

Published in: on 13 mayo 2009 at 7:59 pm  Dejar un comentario  

La Ciudad del Silencio

ciudades flotantes


La temperatura había comenzado a descender al promediar la tarde en la ciudad del silencio, los enormes edificios y torreones desde su impávida altura hacían las veces de faro y testimonio de una ciudad que caía en el letargo introspectivo que arrastra la noche; una a una las ventanas perdidas en las alturas se iluminaron y empañaron al mismo tiempo, y mientras que detrás de los ventanales se escuchaban risas, llantos sofocados , ó amantes lujuriosos , el reverso era el frío viento que recorría las curvas de aquel monolito, arrastrando la basura de la calzada, y haciendo huir a los desprevenidos que erraban en busca de aquello que la luz del día no puede ofrecer.

Una curiosa nota de jazz le tomo la mano al viento y juntas se fueron a por lo aires; en algún alfeizar un enorme gato negro se lamió los bigotes, a la vez que perforaba una y otra vez a la noche con sus ojos.

Desde el oscuro e íntimo callejón una botella verde rodó y rodó hasta dar contra la calzada, rompiéndose en un áspero sonido seco.

Al resplandor fantasmal de la luna, mi reflejo en la ventana se rió conmigo, y luego me beso, beso a la noche.

( Franco S. Raggio )

Published in: on 13 mayo 2009 at 7:57 pm  Dejar un comentario  
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